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NoticiasArtículos de opinión

Debate sobre el liberalismo en Clarín


Con motivo de una columna de opinión de Juan Manuel Agüero, Coordinador de Proyecto de la Fundación Friedrich Naumann para la Libertad Argentina se generó un interesante debate sobre el liberalismo en el Diario Clarín. En su artículo "El liberalismo no debe ser visto como una amenaza" destaca que detrás la demonización de la idea liberal se esconden siempre intenciones autoritarias, y que si bien es válido el debate de ideas políticas, la percepción del liberalismo como amenaza significa el "prólogo de períodos trágicos y oscuros" de la vida política.

Desde una perspectiva marxista, el historiador de la UBA Ezequiel Adamovzky respondió en la misma sección que "Al liberalismo no le preocupa la desigualdad" señalando que los "derechos naturales" como la propiedad privada diseñaron instituciones como la división de poderes con el fin de que no se discuta la desigualdad entre las personas.

Esta visión motivó dos artículos continuando con el debate. Uno de Fernando Pedrosa, Profesor de la UBA, donde llama a "Respetar la buena tradición del liberalismo". Allí afirma que, a diferencia de lo que advierte Adamovzky,  las corrientes antiliberales que aparecieron a principios del siglo pasado, lejos de ser ideas superadoras, trajeron dos grandes calamidades para la historia de la humanidad: el nazismo y el comunismo.

Por su parte, el ex senador por la UCR Ricardo Laferreire, desde su columna El liberalismo que molesta a los populistas" destacó: "La utopía socialista no sólo no reniega de la libertad sino cree que ésta será plena cuando sea lograda su utopía".

Haciendo click en el nombre de los artículos pueden acceder a las notas completas.  Los invitamos a leerlas y a sumarse al debate.

La importancia de la libertad educativa

Por José Patiño, becario de la Fundación Friedrich Naumann para la Libertad

“La gran amenaza contra el hombre moderno es que lo priven de su facultad de pensa
y de conducirse libremente en la vida: que el Estado le imponga una mentalidad artificial
rodeándolo de un régimen de coacción y de temor, que no le permita juzgar por sí mismo
de las cosas y, aún cuando se haya formado alguna opinión propia, no se atreva a
manifestarla por temor a la represalia estatal. Entonces habrá perdido el hombre
contemporáneo, mucho más de lo que perdió en algunas épocas del mundo antiguo,
la libertad cultural, y, con ella, la mayor dignidad propia del ser humano”

Padre Ismael Quiles, S.J.

Ya estamos en febrero. A fin de mes estarán comenzando las clases en las escuelas primarias, y con ello vuelve el interrogante sobre qué educación le estamos dando a nuestros hijos, y, sobre todo, quién los educa. 
 
Durante los últimos años fuimos testigos del deterioro de la calidad educativa en muchos y diferentes aspectos. Hablamos de deterioro salarial y edilicio. Hablamos de violencia escolar, feriados y ausentismo. Hablamos de cambios curriculares, subsidios y arancelamiento. Y la necesaria discusión sobre tales problemas fue relegando una cuestión esencial: la libertad en la educación argentina. 
 
Durante el año 2012 tomaron estado público actividades de agrupaciones políticas que claramente trataban de influir en las mentes de miles de niños y jóvenes, introduciéndose en las escuelas a través de talleres y juegos guiados y conducidos para lograr resultados previamente definidos. Semejante actividad, promovida desde las más altas esferas del Gobierno nacional, generaron el rechazo de gran parte de la ciudadanía y de políticos opositores que rápidamente advirtieron la intención proselitista, pero la misión de este artículo es poner una luz sobre la esencia del estatismo cultural implementado a través del actual sistema educativo.
 
Hablar de libertad educativa es hablar de la posibilidad de que cada ser humano pueda expresar su propia individualidad. Educar proviene, por un lado, de la palabra latina “educere”, que significa “sacar de adentro, sacar hacia afuera”. Por otro, de la palabra griega “educare”, que significa “criar, cuidar, nutrir, instruir”.
 
Tomando ambos enfoques, educar es lograr que el impulso interior del ser humano se exprese sin limitaciones, guiados y motivados por maestros que puedan facilitar el camino para que esto sea posible.
 
Apenas comenzamos a comunicarnos verbalmente, los seres humanos expresamos nuestros sueños y deseos definidos en lo que queremos ser “cuando seamos grandes”. Sentimos un llamado interior desde muy pequeños. Vocación, la palabra que solemos utilizar para definirlo, proviene de la palabra latina “vocatio”, que significa precisamente “llamado”. Es con la educación genuina que ese llamado de nuestro interior puede manifestarse en la realidad exterior, generando una sensación de plenitud y aportando valor al mundo a través del desempeño más acorde a nuestros talentos. En tal sentido, una mala educación no sólo genera personas con escasos conocimientos y hábitos: una educación deficiente nos priva de la felicidad de sentirnos realizados, y priva al mundo de lo mejor que podemos dar.
 
La libertad educativa, por lo tanto, está ligada a la búsqueda de la felicidad. La libertad educativa es la esencia de la dignidad humana
 
En 1883, los Diputados católicos impulsaron, a través de la Comisión de Justicia, Culto e Instrucción, un proyecto para conformar un sistema educativo en toda la nación. Después de un largo debate el proyecto fue rechazado, pero con algunas modificaciones se terminó aprobando el proyecto alternativo impulsado por la mayoría liberal del Congreso.
 
La Ley 1420 de Educación Común se sancionó el 8 de julio de 1884, con el objeto de instituir un sistema de educación pública, obligatoria y gratuita, aclarando en los primeros artículos que los padres tenían la obligación de educar a sus hijos, y que esta educación podría hacerse efectiva “en las escuelas públicas, en las escuelas particulares o en el hogar de los niños”. Comprometiéndose el Estado a facilitar el cumplimiento de esta obligación construyendo escuelas en cada población con más de mil habitantes en las ciudades, o trescientos en las colonias o territorios, y entregando certificados como acreditación de este cumplimiento.
 
Esta responsabilidad central de los padres en la educación de sus hijos se relaciona directamente con la libertad educativa. Los impulsores de la Ley 1420 tuvieron en cuenta que somos los adultos más ligados a los niños los que tenemos la obligación de educarlos y elegir la manera de hacerlo de acuerdo a los valores familiares.
 
Esta libertad se encontró con el primer escollo en las mismas aulas. Hijos de inmigrantes que siendo argentinos sentían como propia la nacionalidad de sus padres, fue la señal de alarma para que los constructores del Estado Nacional decidieran poner en marcha un plan que atentaría contra la libertad educativa contemplada en la Ley de Educación Común.
 
En 1908, durante la presidencia de Figueroa Alcorta, fue designado al frente del Consejo Nacional de Educación el Dr Ramos Mejía. En marzo de 1908, Ramos Mejía le dio instrucciones al Inspector General Técnico, Pablo Pizzurno, para implementar un programa de enseñanza patriótica exaltando los valores militares y religiosos. El objetivo era claro: construir una ciudadanía argentina con un perfil previamente definido desde el Estado Nacional.
 
A partir de ahí los debates que siguieron en torno a las políticas educativas se centraron en el resultado esperado: patriotas, técnicos, soldados, deportistas y, según parece ahora, militantes políticos. La educación pasó de ser una herramienta para la realización personal a una máquina de fabricar seres humanos a la medida de los gobernantes de turno. Todo con el beneplácito de los padres que delegan en el Estado lo que por naturaleza les corresponde.
 
En el mundo, los totalitarismos de la primera mitad del siglo XX fueron el broche de oro. La necesidad de producir recursos humanos para las grandes guerras fue borrando de un plumazo, y en muchos casos de manera más violenta, las iniciativas de muchos maestros dispuestos a cumplir su rol de guías en la manifestación plena del potencial de sus alumnos. Por años quedaron en el olvido los trabajos de María Montessori, Rudolf Steiner, Loris Malaguzzi, o nuestras Olga y Leticia Cossettini, dos maestras rosarinas que por cierto pocos conocen.
 
Hoy la educación argentina, debido a la manipulación estatal de los contenidos y de la permisividad del accionar de las agrupaciones políticas alineadas, no se ajusta al sentido de “educere“, porque privilegia la introducción de contenido ideológico en las mentes de los alumnos. Pero tampoco se ajusta al sentido de “educare”, porque abandona la función de motivación, dinamización y guía del proceso educativo, cuando flexibiliza hasta la mediocridad el cumplimiento de objetivos escolares y reglas básicas de convivencia.
 
Este artículo es una invitación a recuperar el control de la educación de nuestros hijos. Derecho, obligación y responsabilidad que fuimos cediendo y perdiendo durante los últimos cien años.
 
La educación no cambiará positivamente por la acción burocrática estatal. Cambiará cuando recuperemos, como familia y como comunidad, la centralidad en las decisiones que inciden en nuestras vidas y en las de nuestros hijos. Con libertad y responsabilidad.
                               

La intervención estatal en los mercados trajo más problemas que soluciones

Por Tomás Bulat

Economista. Becario de la IAF


El concepto de mercado es muy importante para la economía. Es el lugar donde se produce el encuentro entre la oferta (quienes producen y quieren vender sus productos) y la demanda (quienes necesitan y quieren comprar esos productos). El origen de los mercados se remonta a los principios de la humanidad, cuando el hombre se dio cuenta que tenía algunos bienes que le sobraba y que no tenía otros que quería poseer.
Así es como comenzó el intercambio de bienes en la forma de trueque. Te cambio un par de gallinas por un cerdo o varios huevos por un poco de leche. Esto era el trueque. Al principio dentro de un grupo de personas, luego entre diferentes tribus o comunidades y finalmente entre diferentes países.
El mercado es el lugar donde se encontraban físicamente. Es decir, se establecía un día y un lugar donde todos los que tenían algo para ofrecer llevaban sus productos y allí ellos mismos podían comprar aquello que necesitaran.
En la medida en que las economías se van haciendo más complejas, la producción se hace cada vez más especializada y -por lo tanto- hay cada vez mayor y más variado tipos de comercio y mercados. Mientras más nos especializamos en algún tipo de producción, más necesitaremos recurrir a mercados donde comprar el resto de lo que necesitamos.


Los problemas de mercado

Por supuesto, este tipo de situaciones generaron algunos problemas: por ejemplo en un mercado donde se concentraba la producción, comenzaron a haber abusos. Un productor grande terminaba arruinando a los productores mas chicos poniendo un día precios muy baratos, obligándolos a abandonar el mercado. También era donde se concentraba la mayor cantidad de dinero y, obviamente, el lugar ideal donde cobrar impuestos.
Todas estas situaciones generaron la necesidad de regularlos para que funcionen mejor, con mayor transparencia, impidiendo la formación de monopolios, etc. Pero por lo general las intervenciones eran para fortalecer los mercados, ya que son el origen de la riqueza y la producción.
La producción no viene del aire, viene del trabajo de un grupo de personas que producen más de un bien con el objetivo de poder cambiarlo por otros que necesitan. Si de pronto hay muchas restricciones en el mercado que te impiden vender tus excedentes, lo más probable es que dejes de producir lo que te sobra.
Es decir que el éxito de las intervenciones en el mercado se mide con dos variables:
1. Que se ofrezca (produzca) cada vez más en el mercado intervenido.
2. Que los precios ofrecidos vayan disminuyendo con el tiempo.
SI no se logran ambos objetivos, entonces la intervención ha sido más dañina que beneficiosa.


La obsesión por controlar

El gobierno nacional comenzó, al principio despacio, pero luego más rápidamente a intervenir los mercados, pero no con el ánimo de transparentarlos o hacerlos más justos o eficientes, sino para desarticularlos y remplazarlos por reglas atadas a la voluntad del funcionario de turno.
Así es como primero se destruyó el mercado de energía y combustible. Todos los incentivos a producir e invertir para el sector privado fueron cambiados por la decisión de inversión del Estado. El resultado fue la pérdida del autoabastecimiento. Mientras la economía desde el 2003 creció más de un 100%, la producción de energía lo hizo un poco más del 40%, lo que se evidencia en la creciente necesidad de importar combustible.
El segundo fue el mercado de futuros de los granos y la producción de trigo, maíz y carne. Desde que comenzó la intervención la producción de todos estos productos es cada vez menor.
Otro es el mercado inmobiliario. Uno de los sectores más dinámicos en los últimos tiempos fue obligado a pesificarse, con lo cual comenzó un proceso de deterioro del que nada parece podrá rescatarlo.
El mercado cambiario también perdió su relevancia y varias casas de cambio se han visto obligadas a cerrar. Esto no ha mejorado las operaciones, sino que ha creado una cantidad enorme de dólares distintos y cada vez más alejados uno de otros.
Finalmente llegó la reforma al mercado de capitales, con una regulación cuyo claro objetivo es poder intervenir las empresas ya cotizantes, y no fomentar su expansión y transparencia. Esta ley definitivamente espanta a toda empresa que haya pensado en abrir su capital usando este mercado.


Fallas del mercado y del Estado

Lo que vimos con esta descripción es que el gobierno ha ido eliminando mercados en lugar de fortalecerlos y, hasta ahora, los resultados son cada vez peores. Porque es tan cierto que existen las fallas de mercado que deben ser reguladas y minimizadas, como que existen las del Estado y que una mala intervención puede dañar mucho más que una falta de regulación.
Hay muchas voces dispuestas a defender cualquier intervención por parte del Estado como buena, en contraposición con la falta de intervención de los 90. Lo cierto es que los excesos de hoy pueden ser tan nocivos como las carencias de ayer, y muchas de las últimas intervenciones dañan más de lo que promueven y preservan.
En la medida en que las economías crecen y se hacen cada vez mas sofisticadas, para crear incentivos, transparencia y mayor equidad, es necesario generar mejores mercados y no destruirlos. Dejar los manejos a políticas discrecionales y arbitrarias muestra, hasta ahora, que se destruyen mercados y con ellos a la producción.
Mas intervención y control ha significado hasta ahora menos energía, menos agricultura, menos construcciones y ahora menos inversión. Resulta evidente que en función de los resultados obtenidos, que con la destrucción de mercados se generan más problemas que soluciones.

Artículo publicado en El Cronista

Aprender de experiencias pasadas

Por Manuel Solanet. Director de la Fundación Libertad y Progreso


Muchos argentinos observan los hechos económicos de estos días con la sensación de haberlos vivido anteriormente. La aparición del dólar paralelo, los arbolitos, la palabra pesificación, el corralito cambiario, las trabas para importar, la carencia de repuestos y electrodomésticos, nos retrotraen a una Argentina que queríamos olvidar. Flota en el ambiente la presunción de una devaluación ante la evidencia de un dólar oficial barato, pero que no es accesible para el hombre de la calle. También se observan los retrasos tarifarios en el transporte y la energía, regulados durante años por un gobierno populista que ahora no encuentra la forma de normalizar el sistema de precios para dejar de pagar enormes subsidios. Ha intentado hacerlo pero ha quedado a menos de mitad camino, paralizado por los efectos recesivos de los primeros ajustes tarifarios. Muchos recuerdan situaciones similares que llevaron a recuperaciones abruptas, como en 1975 y 1989. Entonces uno se pregunta: ¿ha analizado este gobierno las causas y consecuencias de las crisis históricas, como las de 1989 o 2001? Es necesario aprender de las experiencias pasadas y sería imperdonable volver a tropezar con la misma piedra.
Prácticamente todas las crisis económicas que vivió la Argentina tuvieron un origen fiscal. Hoy no es diferente. En 1989 se arrastraba un déficit financiero de casi 10 puntos del PBI del que a su vez un 40 % era ocasionado por las pérdidas de las empresas estatales y otra buena parte era los altos intereses que se pagaban sobre la deuda pública. En 2001 el déficit era de 4 puntos y a ese ritmo crecía la deuda pública y asustaba a quienes podían prestarle al gobierno argentino, hasta que dejaron de hacerlo. En 2012 el déficit financiero, después de impuestos, también llega a 4 puntos, tres de la Nación y uno de las provincias. Pero hay una diferencia en contra de la situación actual. El gasto público que en 2001 era un 30% del PBI hoy ha trepado al 43%. La recaudación alcanza niveles record y el gobierno sigue cobrando retenciones a las exportaciones a pesar del retraso cambiario. No es sostenible. La economía se ha enfriado con claras señales de recesión, lo que podrá agravar la situación fiscal. Así lo advierten los mercados, por eso se ha enrarecido el crédito y el riesgo-país ha trepado a niveles próximos a las antesalas de aquellas crisis del pasado.
Una visión poco profunda podría entender que hoy la situación del balance comercial es superavitaria, y que las reservas son importantes, diferenciándose así de lo que ocurría en 1989 o en 2001. Los precios de los productos agrícolas se mantienen altos y la Argentina goza de una situación inédita y favorable en el índice de términos de intercambio. Sin embargo cuando se va a la cuenta corriente que incluye intereses y servicios, y si además se considera la fuga de capitales, se entiende porqué el gobierno está angustiado tras los dólares. Bien computadas, las reservas se muestran insuficientes para seguir pagando con ellas los vencimientos en moneda extranjera de la deuda pública. Sin crédito externo esto constituye una seria amenaza para un gobierno que ha sabido dilapidar como ningún otro y que no quiere ni mencionar la palabra ajuste. Ante esos temores ha actuado de la peor manera. Ha embestido contra las importaciones e intenta un férreo y policial control de cambios. El efecto es más recesión y un dólar paralelo que aumenta la brecha con el oficial, mellando aun más la confianza.
El grado de monetización de la economía se muestra hoy más favorable que en 1989 y que en 2001. La relación M1/PBI es hoy de 13,5% mientras que en aquellos dos años había bajado a 1,4% y 6,5% respectivamente. Si bien hay retiro de depósitos en dólares, todavía no se observa una huida del dinero ni una merma de depósitos en pesos. Esto supone que hay un mayor espacio de tiempo para poder rectificar los rumbos y encarar políticas racionales antes que la crisis no se pueda gobernar. Sin embargo no parece haber en la cúpula del gobierno ninguna claridad sobre el camino a seguir. Los ímpetus ideológicos se combinan con un intervencionismo directo y simplista. La improvisación se pone en evidencia y los propios funcionarios deben desmentirse unos a otros. Estamos ante una mala praxis que debe corregirse si no se quiere volver a tropezar con las mismas piedras que nos produjeron tanto daño.


Artículo publicado en El Cronista

La libertad económica pierde terreno frente al populismo

Artículo de Agustín Etchebarne, Director de Libertad y Progreso para El Cronista

A nadie puede extrañar que la Argentina siga derrapando en una comparación internacional sobre las libertades económicas, dado que el objetivo explícito del gobierno es profundizar el modelo populista. El Índice Internacional sobre Libertades Económicas publicado recientemente por la Fundación Heritage, de Estados Unidos, confirma que el gobierno está logrando su objetivo a paso redoblado. Pero la sorpresa, y el dolor, aparecen cuando observamos que ya no estamos dentro de los países “Moderadamente Libres” donde figuran Uruguay, Corea del Sur, España o Israel. Ni siquiera estamos en el sector de países “Mayormente No-libres”, como Brasil, Camboya, Vietnam, Grecia, Rusia o Haití. No, el Índice de Libertades Económicas nos ubica en el puesto 158 sobre 179 países. Es decir, que hemos caído al último segmento donde se encuentran los países “Reprimidos”, espacio que compartimos con Ecuador, Burundí, Sierra Leona, Venezuela, Congo, Irán, Lesoto, Cuba, Zimbawe, Corea del Norte.
Si bien el “modelo” populista hace sentir muy bien a las personas como demuestran los indicadores de confianza de los consumidores y explica que el gobierno haya triunfado con el 54% de los votos en noviembre pasado. Lamentablemente, este bienestar siempre es efímero. A la larga, indefectiblemente la economía será cada vez más ineficiente. Como demostró el premio Nobel de Economía, Friedrich Hayek. El planificador central -en nuestro caso, Moreno o De Vido- no tiene ninguna posibilidad de saber lo suficiente como para reemplazar al mercado libre. Cuando pone altos impuestos a las industrias eficientes y subsidia a las ineficientes, puede pensar que está ayudando a las industrias infantes hasta tanto logren competir en el mercado internacional. Pero los incentivos son perversos y los empresarios actúan en consecuencia. En lugar de esforzarse por mejorar la productividad, inventar nuevos productos y procesos, se concentran en buscar la protección estatal que le permita obtener ganancias rápidamente.
Los controles de cambios y la falta de respeto al derecho de propiedad incentivan únicamente la inversión con ganancias de corto plazo. La inversión extranjera huye, con la excepción de las empresas acostumbradas a negociar con gobiernos omnipotentes y corruptos. Si leemos a Tolkien o a Lord Acton o a los clásicos, comprenderemos que ‘gobierno omnipotente‘ y ‘gobierno corrupto‘ son hermanos gemelos, inseparables.
Las libertades económicas y el gobierno limitado son esenciales para el crecimiento económico a largo plazo como lo demuestra la fuerte correlación del PBI per capita con la calificación en el Índice de Libertad Económica. Es así porque el derecho de propiedad y la justicia independiente son indispensables para generar un ambiente favorable para el desarrollo de las empresas, el aumento de la productividad, de los salarios de las personas y la rápida superación de la pobreza. Esto fue lo que descubrió el profesor de ética, Adam Smith, cuando se dedicó a hacer una Investigación acerca de la naturaleza y la causa de la riqueza de las naciones. Smith descubrió que los hombres libres a través del intercambio voluntario, lograrían generar una división del trabajo que los llevaría a multiplicar fenomenalmente los bienes y servicios. Las instituciones de la libertad guían a las personas como ‘una mano invisible‘ para que al buscar su propio interés alcancen simultáneamente el bienestar general.
Basta mostrar quiénes son los países que lideran el índice de libertades económicas para comprender que la libertad y el desarrollo económico van de la mano:
Los países más libres, Hong Kong, Singapur, Australia, Nueva Zelandia, Suiza son seguidos por Canadá, Taiwán y Chile, y un poco más abajo por Irlanda, Suecia, EE.UU., Japón, Dinamarca, Reino Unido, Alemania y Holanda. En suma, todos países desarrollados, o bien, como en el caso de Chile, países que se liberaron más tarde pero que ya se encaminan rápidamente hacia el desarrollo.
Además, el informe de la Fundación Heritage se encarga de destacar que las libertades económicas no sólo son el alma del desarrollo y el progreso económico, sino que son inescindibles del resto de las libertades. Un hombre no puede ser libre si no puede disponer del fruto de su trabajo y elegir cómo ahorrar y en qué gastar sus ahorros. Un periódico no puede ser libre si depende de un funcionario para obtener su papel de impresión. Una persona no es libre si dos tercios de sus ingresos van a parar a los cofres estatales sin su consentimiento voluntario.
Aún si el resultado fuera que se pudiera crecer más rápido bajo una economía planificada; un país donde hay que pedir permiso al gobierno para comprar dólares, importar bienes, para invertir o imprimir periódicos, ha dejado de ser un país libre. Y dada la ausencia de reacción ciudadana frente a la pérdida de libertades, en cualquier momento tendremos que pedir permiso hasta para entrar o salir del país, tal como ocurre en Cuba, modelo admirado por el gobierno.
La pregunta que debemos hacernos los argentinos es ¿qué queremos, un país de siervos del Estado o un país de hombres y mujeres libres y responsables de su propio destino?

Reformas, cenizas y viento

Artículo publicado en La Nación de Gabriel H. Huespe, Becario de la Fundación Friedrich Naumann

Ha comenzado a instalarse en la opinión pública la idea de que es necesario reformar nuestra Constitución nacional.

Debemos entonces abordar un aspecto fundamental: ¿nuestra comunidad entiende que es necesario reformar la Constitución? O ¿es sólo una avanzada del Gobierno en sus aspiraciones de poder?

Técnicamente, una reforma constitucional, de acuerdo con el artículo 30 de nuestra Carta Magna, consta de etapas que deben de ser cumplidas inexorablemente.

El Congreso de la Nación debe declarar la necesidad de reforma con el voto de dos terceras partes, al menos, de sus miembros. Mayoría agravada calculada sobre los integrantes totales de cada cámara. Esto significa que el nuevo Congreso será quien deba tomar esta decisión. ¿Nuestra sociedad sabe cabalmente quiénes son los representantes que reformarán la Constitución? Lo primero que deben hacer todos los miembros del Congreso es una manifestación pública y de manera expresa, acerca de cuál es su postura respecto de este tema para que luego el ciudadano que confió en él y lo votó no se sienta traicionado y la posible reforma no carezca de legitimidad.

El Congreso, con la mayoría agravada, debe dictar la ley declarativa de la necesidad de reforma, que debe pronunciarse sobre su alcance, si debe ser total o parcial, cuáles son las pautas para la convocatoria a elecciones de convencionales constituyentes, número de constituyentes, plazos, etc.

¿Quién reforma la Constitución? Una convención nacional constituyente, elegida conforme las pautas establecidas por la ley declarativa de necesidad de reforma. Se llama a comicios, y el elector decide con su voto cuál es la hoja de ruta, el proyecto de país que quiere, conforme a quien elija como su voz dentro de la convención. La convención constituyente determinará nada menos que el vértice máximo de nuestra legalidad. Es el acto de soberanía del pueblo más importante en democracia.

Todo ciudadano responsable y consciente de la soberanía de su voto debe preguntarse: ¿existe la necesidad de reforma? Veamos. El ejercicio del poder constituyente originario se dio soberanamente para darnos una Constitución, mientras que el ejercicio del poder constituyente derivado se puede dar cuantas veces la comunidad crea conveniente para plasmar sus anhelos colectivos adaptándola según el contexto histórico.

Considero que este no es el contexto político y social adecuado. Doy mis razones. La Constitución vigente contempla en su cuerpo todas las corrientes de pensamiento filosófico que han influenciado nuestra historia nacional, amalgamando una tras otra y no excluyéndose entre sí. Tenemos entonces una Constitución de clara fe liberal en sus declaraciones, derechos y garantías en defensa del individuo frente al absolutismo estatal. Se encuentra incorporado el constitucionalismo social como reconocimiento de debilidades sociales y protecciones muy concretas, y, a partir de la reforma de 1994, los llamados derechos de la tercera generación también tienen su amparo constitucional. En el Preámbulo tenemos un rezo laico que nos indica nuestro norte como país.

Desde mi punto de vista, los gobiernos que en su concepción del poder soslayan las opiniones minoritarias, las prácticas plurales y la actitudes de consenso no generan un contexto favorable.

Reformar la Constitución en una sociedad crispada y dividida como pocas veces ha sucedido en la historia argentina no sería una medida adecuada.

Sería prudente posponer el planteo de una reforma constitucional hasta tanto los argentinos comprendamos, como pueblo, que aún podemos ser hermanos y compatriotas en el disenso. Como bien lo dice Jorge Luis Borges en su Poema Conjetural , hoy en nuestro país "noto que hay viento, y hay cenizas en el viento?"

Eventos de interés

-Lunes 14 de abril. "¿Hacia dónde va la economía Argentina?" con Martín Simonetta en Vicente López. Más infomación...

-Lunes 14 de abril presentación del libro "Política económica contra reloj" con Ricardo López Murphy. Fundación Libertad, Rosario. Entrada gratuita. Inscripción en gsutter@libertad.org.ar

-Séptimo ciclo de Formación de Dirigentes de la Fundación Cívico Republicana. UCEMA, Córdoba 374. CABA.  A partir del 9 de abril. Informes formaciondedirigentes@gmail.com


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